Habría tanto que contar de la célebre ópera de Bizet que podrían pasar otros ciento cincuenta años y aún seguiríamos en ello. Y es que no sólo es el 150 aniversario del estreno, sino también de la muerte de su compositor, y es que el estrepitoso fracaso de esta obra parricida se llevó por delante a su creador de 36 años en apenas dos meses de aquel fatídico 1875.
Carmen no fue en su momento la heroína liberada de etnia gitana a lo Esmeralda del Jorobado de Notre Dame de Disney. Bizet dio el protagonismo a una delincuente, ladrona y pendenciera, capaz de rajar la cara a una compañera de la fábrica de tabaco sevillana donde trabajaba. Su continua búsqueda de independencia no parecía menos escandalosa en la sociedad francesa de la época, pero su devaneo entre los dos protagonistas, el ex militar y proscrito bandolero Don José que abandonaba todo por ella y el famoso torero Escamillo que no elude su seducción no dejaban en una posición aceptable la brújula moral de la estereotipada rebelde española.
Tampoco Bizet facilitó las cosas dando el papel titular a una mezzo-soprano, generalmente una voz relegada a un plano más secundario en el repertorio operístico. Carmen tenía sus graves, sus bases oscuras que requerían un registro más asentado y de allí que, aunque las sopranos podían elevar sus arias a niveles sublimes, eran las mezzos las que podían encarnar en su totalidad a la más fiera de los personajes femeninos de la gran ópera. Hasta la llegada de Tosca de Puccini.
Carmen resume su filosofía de vida un tanto felina con su célebre aria L’amour est un oiseau rebelle:
Si tu ne m’aimes pas, si tu ne m’aimes pas, je t’aime!
¡Si no me amas, si no me quieres, yo te quiero!
Mais si je t’aime, si je t’aime, prends garde à toi
Pero si yo te quiero, si yo te amo, ¡ten cuidado!


























































