Cuando los regidores de la Villa y Corte de Madrid tuvieron a bien de ilustrar los nombres de las calles con azulejos que describieran el topónimo referido, en la céntrica Calle de la Abada un pacífico rinoceronte hacía acto de presencia. No es habitual hallar sinónimos de animales tan exóticos, pero los portugueses trajeron del malayo badak un nuevo nombre para la hembra de un animal de leyenda al que los griegos reconocían por su cuerno en la nariz. El portugués, el italiano y el español también asumieron la forma sin artículo bada pero adoptaron plurales regulares en lugar de la típica repetición malaya badak badak. Los anglófonos, en cambio, se jactan de disponer de cuatro plurales para su rhinoceros: rhinoceroses, rhinoceri, rhinoceroi y rhinocerotes, cuando, en realidad, siendo realistas, les basta con la forma rhinos.
Del origen del toponímico de la calle madrileña hay distintas hipótesis, pero pudiera tratarse de un regalo con dientes del gobernante de Java al Rey Planeta Felipe II que estimuló la imaginación de los cortesanos.
Por otra parte, la palabra abadesa, tal vez más adecuada para una calle que un paquidermo de importación, es más fácil de rastrear, pues su masculino abad procede del arameo abba, que lejos de ser un grupo de pop sueco de llamativo vestuario, significa padre. Para la madre superiora de una abadía o convento, podría haberse tomado el equivalente arameo ima o emma pero prefirieron algo que suena a papisa. Cabe reivindicar en este punto, una de las palabras más bellas y denostadas de la lengua castellana que es poetisa, pues en nada reduce la condición femenina la calidad de la poesía y aún más si cabe en su sonoridad y sororidad la ensalza.
Por último en esta viñeta, cuando hubo tomado J.K. Rowling la expresión mágica de origen incierto Abracadabra para crear su maldición imperdonable más irreversible, dejó para siempre en evidencia las intenciones asesinas de los prestidigitadores que sacan palomas de un sombrero de copa.
