Sería fácil escribir, aunque el corrector se escandalizara, que vivimos tiempos muy terbios. Pero, no en vano, el terbio es una de las tierras raras más abundantes y con más aplicaciones en nuestra tecnología, tanto en el campo visual, donde ayuda a generar el color verde de las pantallas, como del sonoro, en su aleación de terfenol-D.
El terfenol-D es una aleación de terbio, disprosio y hierro creada en los años 70, que revolucionó
la industria de los altavoces por su propiedad de magnetostricción, lo que viene a ser que esta sustancia cambia de forma en presencia de un campo magnético. Hay que tener en cuenta que la reproducción de sonido consiste en la conversión de señales electromagnéticas que podemos codificar, transmitir y procesar, en ondas acústicas que nuestros oídos pueden percibir. En el terfenol-D, la adición de disprosio, que se marca con la apostilla -D, permite que la magnetostricción requiera campos magnéticos de menor intensidad. Terbio y hierro se distinguen claramente en el acrónimo, mientras que ese final -nol no convierte la aleación en un alcohol, sino que recuerda a quien pagó el experimento, la Naval Ordnance Laboratory de los Estados Unidos.
El terbio es otro de los elementos descubiertos en el siglo XIX por el sueco Mosander de los minerales de la mina de Ytterby, en la isla sueca de Resarö, lo que acabó con la imaginación de los químicos suecos que también nombraron así al itrio, iterbio y erbio.
El terbio no tiene función conocida en los procesos biológicos vitales, aunque su toxicidad moderada puede ser agravada por los sonidos que reproduzca el altavoz al que nos expongamos.
