La Isla flotante de ANT puede viajar a las coordenadas donde se produzca un eclipse solar, siempre y cuando se encuentre en el mar, pero es difícil equipar a toda la población con gafas adecuadas para verlo, por lo que prefieren evitarlos como el cine 3D, en la medida de lo posible.
Curiosamente, un eclipse es un fenómeno lo suficientemente impactante como para que todo el mundo haya oído hablar de él, pero no tan frecuente como para convertirse en algo cotidiano. Una gran parte de las obras de ficción que recurren a este evento astronómico en sus argumentos demuestran que los autores desconocían aspectos claves como su duración y el movimiento aparente (véase Tintín y el Templo del Sol o Lady Halcón). Lo habitual es que el conocimiento anticipado de la efeméride permita a los protagonistas sacar partido de su predicción frente a culturas astronómicamente menos avanzados (e.g. Un Yanqui en la Corte del Rey Arturo, de Mark Twain, posiblemente basado en la predicción del eclipse de 1504 de Cristóbal Colón a los jamaicanos). Y en su faceta más mística, los eclipses son eventos que auguran malos presagios o catástrofes apocalípticas (Como en la ópera de Alexander Borodin «El Príncipe Ígor»).
En el otro extremo del rigor, Jules Verne centra la acción de su novela «Le Pays des Fourrures», «El País de las Pieles», en una expedición a Canadá para observar un eclipse y Verne no escatimó en aportar todos los detalles científicos e incluso supo usarlo en un sorprendente giro de guión como le confería su legendario dominio de la ciencia-ficción.
Feliz eclipse.
