Cuando el químico francés Eugène-Anatole Demarçay descubrió el Europio en 1896, un metal dúctil y de los más escasos entre las tierras raras, eligió homenajear a todo un continente, lo que no se repetiría hasta la síntesis del Americio por Seaborg. Hay pocas probabilidades de que algún día la tabla periódica cuente con un asio, un africinio o un australio, y más difícil será que algún pingüino sintetice el antartidio…
El muy reactivo Europio, cuenta tanto con la valencia +3 como el resto de los lantánidos pero también es capaz de formar compuestos con el estado de oxidación +2. No obstante, su característica más llamativa es la de la luminiscencia; el europio absorbe la radiación luminosa y la devuelve después con una longitud de onda distinta, lo que permitió su utilización para generar el color rojo de los televisores de tubos catódicos. También se sabe, que cuando se estudiaba el mineral fluorita y se admiró su luminiscencia, el efecto que se llamó fluorescencia se debía a las impurezas de europio.
El europio no interviene en la química de los seres vivos y su toxicidad es la propia de los metales pesados, por lo que es utilizado para etiquetar anticuerpos que puedan ser detectados por su luminiscencia al exponerlos a la radiación de un láser.
