Aunque el bario no fue aislado hasta que Sir Humphry Davy aplicó electrólisis a unas sales de este metal en 1808, su compuesto barita, con be, que no es la de Harry Potter, era conocido por los alquimistas como piedra de Bolonia, fascinados por sus propiedades fosforescentes.
Pero incluso el nombre fue de lo más insulso, ya que hace sólo referencia al peso del mineral del que se obtuvo, lo que no va a resultar en ninguna novedad a estas alturas de la tabla periódica. Ese mismo étimo aparece en las partículas subatómica llamadas bariones frente a los más ligeros leptones, a toda clase de conceptos relacionados con la presión desde el barómetro a las isobaras e incluso la voz de barítono, más grave que la de tenor pero no tanto como la del bajo.
Al no ser un mineral muy abundante, su uso es bastante limitado, bien como colorante verde para fuegos artificiales y, si no es para tirar cohetes, la papilla de bario se ingiere como material de contraste para las radiografías del aparato gastro-intestinal. Y aquí acaba esta introducción, con el riesgo de ser tachada de bárica.
