En el mundo de la química no es infrecuente dar con un 2×1.El dúo químico de Kirchhoff y Bunsen cuya colaboración y buena química dio lugar al ya mencionado descubrimiento del elemento Rubidio mediante la aplicación de la espectroscopia a cierto mineral de lepidolita, ya les había dado frutos similares con el hallazgo del cesio un año antes. Como en el caso del rubidio, fue el color de las líneas en el espectro del cesio lo que incitó a estos creativos científicos a darle este nombre que hace mención al azul celeste.
Nadie verá, por tanto, un tono cerúleo en este metal alcalino y dorado que se derrite a 28,5ºC, como ciertas chocolatinas que para no hacer publicidad, se dirá que son como lacasitos. Pero a diferencia de los lacasitos, que se derrite en la boca y no en la mano, el cesio explota en contacto con el oxígeno o el agua, por lo que serían más bien la boca o la mano las que se pueden derretir en este caso.
Con un comportamiento tan violento, ya no es que sea tóxico para los seres vivos, es que entra en combustión más rápido que un coche de las películas de los 80. Sin embargo, una vez superada la dificultad de su manejo mediante aceites minerales y tubos de vacío, las aplicaciones tecnológicas abarcan muy diversas índoles, desde colorante pirotécnico a fluidos de perforación para prospecciones petrolíferas, aunque su uso en relojes atómicas ha llevado a que la definición de la unidad de tiempo «segundo» se base en una oscilación entre orbitales de un átomo de Cesio 133, el único isótopo existente de tan destacable elemento. Y es que para el cesio, siempre tendremos un segundo.
