Serie Atómica LII Telurio

inicialmente, la idea era contrastar su toxicidad con la utilidad en la fabricación de paneles solares, pero visto lo que somos capaces de provocar hasta con las energías renovables, cualquiera defiende al telurio, o teluro, que por ambos nombres respondería si los metaloides hablaran.

Afortunadamente, el teluro es muy escaso en la corteza terrestre y aparece en las menas de oro, como la calaverita, el telururo de oro, por lo que no está al alcance de cualquiera. El telurio no interviene en las reacciones químicas de los organismos excepto en los aminoácidos de algunos hongos que sustituyen con él al azufre y al selenio. 

Cuando un ser humano inhala mínimas cantidades de telurio, el cuerpo sintetiza telururo de dimetilo y adquiere su aliento un fuerte olor a ajo que puede prolongarse durante meses. Un intoxicado por telurio se identifica fácilmente por el rastro de vampiros muertos a su paso.

No fue hasta 1782 que Franz-Joseph Múller dio con el nuevo elemento procedente de una mina de oro de Transilvania y Martin Kalproth le dio el nombre tellurium por el latín Tellus, tierra, en 1798, en un alarde del telúrico ingenio germánico. La referencia a MOT, Movimientos Orgánicos Telúricos del maestro Azpiri era obligatoria.

Aunque se utiliza en la fabricación de los discos compactos grabables, tuvo su momento en la memoria con la hélice de telurio del geólogo De Chancourtois, un buen intento previo a la tabla de Medeleyev de ordenar los elementos en una bonita hélice tridimensional en cuyo centro dispuso el telurio.

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