Resulta desconcertante tratar de averiguar contra qué está el antimonio, porque, a pesar de su adverso nombre y la etimología popular de quien no quiere estar solo, lo más plausible es que el latín adaptara un vocablo griego que a su vez procedía de la palabra del antiguo egipcio sedem, que es como se llamaba al acto de maquillarse. Los egipcios se pintaban los párpados y el contorno de los ojos como presunta medida de proyección para la radiación solar y las infecciones del tejido conjuntivo, pero con el uso de estibina o sulfuro de antimonio o de galena o sulfuro de plomo, podría considerarse peor el remedio que la enfermedad. El llamado kohl o sombra de ojos utilizado desde hace miles de años por los moradores más cool del desierto procede de un vocablo sumerio que significa «espíritu» o «esencia pulverizada de un material», y de esa elaboración protoquímica deriva a su vez la palabra «alcohol», no menos espirituosa, tras precederle el artículo árabe.
El antimonio se encuentra en campo neutral entre metales y no metales dado que tiene un aspecto metálico pero propiedades de los no metales, uniendo lo mejor de ambos mundos.
En 1866 pasó a considerarse el antimonio como un veneno y por tanto perjudicial para el ser humano, por lo que, aunque siguió utilizándose en procesos industriales, su aplicación como medicamento contra enfermedades se limita a casos iniciales de leishmaniasis donde cada vez parece menos efectivo. Si se suma su toxicidad, dolor al inyectar el material oleoso y la baja eficacia, no es raro que, en espíritu, la comunidad anti-antimonio prospere.
