Hay que comenzar reconociendo el papel más discreto y trascendental de la carrera de Gene Hackman: el solitario ciego de la cabaña que acoge al Jovencito Frankenstein muy a pesar de la pobre criatura. Toda la comedia del Universo se salvaría si perdura esta genial escena del gran Mel Brooks.
A partir de allí, Hackman podía con todo, en cualquier género, en cualquier tesitura de acción, drama o comedia. Pero estando de Luthor como nos hallamos -concedan un chiste Sin Perdón- Hackman dio forma al primer archivillano de la Historia del gran cine, con un toque cercano de los megalómanos enemigos de James Bond, pero aderezado con un humor psicópata que sentó las bases sin forzar la esencia del personaje de cómic de DC. Lex Luthor, a diferencia del kryptoniano Kal-El, es un humano que se considera un verdadero superhombre a niveles nietzscheanos, por su intelecto y su superioridad moral – o más bien falta de escrúpulos, podría decirse.
El Luthor de Superman de Richard Donner encarnado por Hackman puede ser un sociópata, pero sabe rendirse a tiempo para volver a maquinar al día siguiente desde la prisión. Desde su subterránea guarida con piscina de Metrópolis, Luthor y sus acólitos pertrechaban la mayor parte de sus pérfidos planes sin salir de su amplia biblioteca, en una época en el que el saber podía ser temido: «Algunas personas pueden leer Guerra y Paz» y salir pensando que es una simple historia de aventuras. Otras pueden leer los ingredientes de un envoltorio de chicle y desentrañar los secretos del Universo»
