A comienzos del siglo XX, un modelo químico tan potente como la Tabla Periódica de los Elementos de Mendeleyev había dado sus frutos en la predicción de elementos desconocidos, pero como se vió en el caso del 43, el Tecnecio, había combinaciones de protones y neutrones que, sencillamente, no funcionaban. El siguiente hueco se dio con el número atómico 61, pero a diferencia del tecnecio que permitió sintetizar isótopos con una vida media de 4 millones de años, el nuevo elemento sintético que superaba los 17,7 años en el mejor caso. En 1945, los americanos Marinsky, Glendenin y Coryell crearon el elemento de 61 protones por fisión del uranio, y evocando al mito de Prometeo que cometió la osadía de robar el fuego de los dioses para compartirlo con la Humanidad, lo llamaron Prometheum, lo que después se normalizó como promethium para homogeneizarlo con las típicas terminaciones de los elementos.
El promecio tiene propiedades similares a los de los lantánidos pero, al ser radioactivo, su uso como fuente de radiación hace menos interesantes sus propiedades meramente químicas. Lógicamente no interviene en procesos biológicos pero sí parece generarse de forma natural como residuo de la fisión de metales más pesados y se ha identificado en la composición de varias estrellas.
Se recupera el disfraz de la Criatura de Frankenstein, el llamado Moderno Prometeo en la romántica visión de Mary Shelley que parece potenciar tan bien la reciente película de Guillermo del Toro. Y se mantiene para el elefantito la iconografía del antiguo, encadenado por su delito y castigado a que un águila de Zeus devorara su hígado cada día.
