La primera vez que se ve una tabla periódica de los elementos extraña encontrar dos filas apartadas como si no cupieran en aquella extraña estructura: son los lantánidos y los actínidos y se suele explicar que juntarlos en dos grupos justifica su exclusión.
Pero la cosa tiene más enjundia. Cuando los átomos son tan grandes como para albergar 57 protones y decenas de neutrones en su núcleo, sus electrones se ubican en orbitales cada vez más complejos. La familia de los lantánidos han completado su sexta capa exterior antes que las interiores y por eso sus miembros presentan propiedades químicas similares, ya que, como es sabido, las interacciones químicas se basan en la capacidad de los átomos de ceder o absorber electrones para completar sus capas exteriores y hallar el equilibrio.
Al sueco Carl Gustaf Mosander le costó bastante encontrar al patriarca lantano, y por eso, le dio un nombre griego que significa escondido. Llamar a un elemento hasta entonces desconocido «escondido» es como llamar Gato a un gato o Pikachu a un pikachu, pero no ahondemos en su falta de originalidad. Aunque se le suele agrupar entre las tierras raras, su presencia en nuestro planeta supera a la de elementos más conocidos como el plomo, que es pesado sí, pero no cunde tanto. Las tierras raras no son especialmente infrecuentes, pero tienden a presentarse de forma tan dispersa, que no es nada fácil su explotación. Y sin embargo, el lantano es un material clave de nuestra tecnología, tanto para crear baterías como para lentes ópticas de alta calidad e incluso en tratamientos renales a pesar de su ligera toxicidad.
La larga carrera por descubrir los lantánidos está a punto de empezar, pero como dice el proverbio italiano, chi va piano…, quien va despacio, va… lantano.
