Homenaje a Stephen Hawking

En una sociedad y tiempo adecuados el mito de una persona extraordinaria se realimenta de forma exponencial. Therry Pratchett lo explicaba con el caso del mejor herrero de Lancre. El mejor herrero de Lancre lo es, porque puede hacer cosas de las que nadie más es capaz y es capaz de hacer cosas que nadie más puede hacer porque es el mejor herrero de Lancre.

Hawking nació como cientos de miles de personas en el tercer centenario exacto de la muerte del primer astrofísico Galileo Galilei y cuatro días y trescientos años después del nacimiento de Sir Isaac Newton, el mayor científico de la Historia.  Aunque no por casualidad nació en la cuna del saber británico, en la misma Oxford, protegido como la alemana Leipzig de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial por los protocolos de mutua salvaguarda de la cultura, que desgraciadamente no abarcaron más territorio. Los niños y las mujeres embarazadas se refugiaban entonces en la ciudad universitaria.

Ha sabido dejar este mundo en otro día emblemático, un día de Pi para quien amaba profundamente las matemáticas, y en la fecha del cumpleaños de Einstein y en la otra ciudad emblemática del conocimiento anglosajón, Cambridge, donde ocupaba la misma cátedra Lucasian desde donde ejerció el mismo Isaac  Newton.

Pero las efemérides sólo realzan la figura de un ejemplo de superación que supo hacer de los últimos días de un desahuciado más de medio siglo de actividad científica y divulgativa. Su terrible discapacidad le abría las puertas que sus propias manos no hubieran podido abrir. Era el sabio de la silla de ruedas y la voz robótica que hablaba de agujeros negros, que viajaba al espacio, actuaba en televisión o  publicaba cuentos para niños con su hija Lucy.

Tampoco el Nobel le fue negado como a Gandhi o Juan XXIII. Como le pasó durante décadas al paciente Gibbs o al propio Einstein que fue premiado por explicar el efecto fotoeléctrico mientras su Relatividad sigue siendo hoy una teoría con las primeras predicciones demostradas por la tecnología de un siglo después, las singularidades de Hawking y Roger Penrose no pueden comprobarse, y muy probablemente tampoco las verá probadas en vida el propio Penrose ya octogenario. La radiación Hawking, la hipotética emisión cuántica de los agujeros negros en decadencia tampoco es fácilmente detectable.

Todo llega a su fin, decía el propio Hawking. Y no solía equivocarse.

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